
Solo te quedan horas. Este será el último anochecer que te
encuentres lejos de tu morada, aquel del que saliste por un tiempo
supuestamente corto y que sin querer se ha hecho eterno.
Ya mismo regresas a tu plaza, como el azahar a la primavera o
las golondrinas a sus nidos. Como las gotas de rocio que acarician las
atercipeladas rosas que te acompañan cada noche de jueves santo.
Que poco te queda madre para que tu barrio te reciba y solo
salgas para pasearte como sólo saben hacerlo tus hermanos en la noche de Nisan,
pero para regresar, esta vez sí, a tu hogar donde iremos a darte gracias
siempre.
Solo horas madre, y no se podía escoger mejor, para que el
lugar más precioso, como sólo tú te mereces, se covierta en el mejor joyero
para el tesoro más preciado de nuestras imágenes.
Ya falta poco madre para que tu hijo descanse en tus brazos
rotos de dolor, en un lugar donde las pinturas, murales, retablos, altares dan
mayor gloria y engandecen este majestuoso hogar, situándolo a la altura de la
mejor catedral.
Que poco queda madre para soñar con un jueves Santo de los
que nos gustan, con tu plaza repleta de tus hijos que esperarán ver salir la
inmensas filas de nazarenos que escoltan tu majestad para hacer estación de
penitencia en la Santa Iglesia Catedral y regresar de nuevo.
Que poquito te queda madre para volver al lugar del cual
nunca debiste salir, el lugar al que, sin poder verte regresar, muchos se fueron,
al lugar donde muchos no te hemos visto sino pasar de largo.
Porque al verte, madre, a uno solo le sale exclamar
“verdaderamente así es la Madre de Dios”, y solo por este motivo te mereces lo
soñado por tus hermanos tantas veces.
Que poco te queda Madre para VOLVER A CASA.
SOLEDAD FRANCISCANA
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